"CUAL SI QUISIERAN JUNTAR CIELO Y TIERRA, RUGEN, LLAMANDO A PUERTAS Y VENTANAS, MAS NO LOGRAN ENTRAR, Y ES MÁS GRATO NUESTRO DESCANSO EN LA SEGURA SALA".

lunes, 11 de julio de 2016

CONFESIONES


Comedia bárbaramente norteamericana, cuya acción transcurre a orillas del lago Ontario.
PERSONAJES: Miss Rosemellia, ingrávida, insultantemente bonita y con unas piernas dignas de sustentar el templo de la Lujuria. Magnetizante, de un atractivo pavoroso, se mueve con parsimonia y elegancia, como una pantera. Su porte y refinamiento hacen de ella la mujer ideal. Su temperamento es volcánico. En cuanto a él, ya le describo otro día.
Es de noche. El ambiente es muy misterioso y romántico a la vez. El sonido de un violín sería ideal, pero el violinista llega tarde y hay que empezar. ¡Qué le vamos a hacer!

ELLA. Y bien, ya me explicarás esas prisas tuyas y ese misterio por vernos hoy a las once de la noche… Ya sabes que yo me voy a la cama pronto.
ÉL.— Lo sé, pero necesitaba hablar contigo a solas, porque si tu padre nos ve juntos es capaz  de machacarme todos los huesos.
ELLA.— ¿Mi padre? No exageres. Papá es incapaz de hacer daño a nadie.
ÉL.— Pues a mí me ha dicho que si me ve contigo que me vaya acostumbrando a la idea del fallecimiento por “accidente”.
ELLA.— ¡Bah, tonterías! No hagas caso a papá. Anda, dime la razón por la que me tienes aquí a estas horas.
Él.— (Nervioso como un adolescente a punto de perder su virginidad).— Verás… Es que yo… Ya sabes, tú… Tú…
ELLA.— Una de las cosas que más me gustan de ti es tu facilidad de palabra… Seguro que quieres proponerme alguna indignidad y no te atreves.
ÉL.— ¿Indignidades? No, no. Bueno, sí, pero no ahora. Ahora quiero decirte que si tú consistieses en que lo nuestro no se limitase a que yo te propusiese indignidades y tú me dijeras que tal vez…
ELLA.— (Riendo).— ¿No me digas que estás insinuado tener conmigo algo serio?
ÉL.— Te lo digo.
ELLA.— Nos conocemos desde hace cinco años, ¿por qué has tardado tanto?
ÉL.— Porque soy un hombre original. Una persona normal te lo hubiese pedido desde el primer momento, pero yo preferí dilatarlo, estudiarte y amarte durante ese tiempo en silencio.
ELLA.— Pues en cinco años te habrá dado tiempo a conocerme bien, desde luego… ¿Me amas?
ÉL.— (Ruborizado).— Greenland!
ELLA.— (Ruborizada también).— Five o’clock tea!
ÉL.— (Dulce).— It´s a long way to Tipperary!
ELLA.— (Insinuante).— ¡Hazme el amor aquí! Confiésame cosas inconfesables y sedúceme con tus besos.

A partir de aquella noche la vida de estos dos se convirtió en:
- Amaneceres de amor furioso, espasmos y besos interminables.
-Tardes de abrazos delirantes.
-Noches sumidas en caricias sin pausa, gemidos continuos y sensualidad desbordada.
-Cientos de cápsulas de jalea real y ginseng, miel, yemas de huevo y reconstituyentes para él.


lunes, 4 de julio de 2016

UNA INFAMIA EN KAFIRISTÁN



-Según tengo entendido, en el mar hay mucha agua.
-¿Sí?
-Eso dicen. Si salimos de esta, iremos al mar, pero como se enteren de que no eres Alejandro Magno me parece que no lo veremos...
-¿Y si nos escapamos antes de que se enteren?
-Buena idea. Esta noche a las doce hay baile en la plaza. Habrá fuegos artificiales también, por lo que podemos aprovechar la confusión para escaparnos.
-¿Y perdernos los fuegos artificiales?
-Es eso o nuestras vidas.
-Ya, ya... si te pones así, pero las tracas en Kafiristán y las mujeres españolas con mantilla son algo que uno no debe perderse.
-Vale, pero en cuanto acabe nos escapamos. Intentaremos llegar a Rusia. ¿Hablas ruso?
-Ni una palabra.
-Bien. Con eso será suficiente.
-¿Y una vez en Rusia?
-Nos haremos nihilistas.
-¿Asesinaremos al zar?
-No, escribiremos poemas ultraístas hasta que podamos llegar a Alemania.
-Echaré de menos la vida de Sardanápalo que llevamos aquí.
-Muchos piensan que eres un impostor.
-¿Sí? ¿En qué lo han notado?
-No seas tan irónico. Ayer uno me disparó una pregunta del calibre 9 mm parabellum.
-¿Qué te dijo?
-Que de qué forma preferimos morir.
-¡Ostras de la China! Entonces es que sospechan algo. A mí me gustaría morir apuñalado por la espalda. La hora y el lugar me dan igual.¿Y a ti?
-¿A mí qué?
-¿Cómo te gustaría morir?
-De agotamiento bailando fox-trot.
-Se me eriza la bufanda solo de pensarlo.
-Ve preparando todo. Esta noche nos vamos.
-¡De acuerdo!

viernes, 14 de febrero de 2014

PARÍS BIEN VALE UNA MISA



Fue en junio de 2013 cuando se me ocurrió visitar París, ya que de tanto viajar de Toledo a Leganés se me había despertado la vena viajera. Además, ya iba siendo hora de sacar provecho de mis cuatro años de francés en la Escuela Oficial de Idiomas. Así que metí tres pijamas de rayas, un yoyó y dos trajes en una maleta y me dirigí al aeropuerto de Barajas para montarme en el primer avión que volase a París, que, por si alguno aún no la sabe, es la capital de Francia.
Las dos horas de vuelo transcurrieron sin sobresaltos y estuvieron amenizadas por la contemplación de las bellas azafatas que nos acompañaban, cuya vibrante esencia de “lirios tumefactos” perfumaba todo el avión.
Llegué a París, esa ciudad tan sensual, una mañana radiante y azul. ¡París! ¡Oh, París! Deseaba embriagarme con sus cabarets, bohemia, bulevares, perfumes, champagne y su lujo y elegancia.
Me encontraba congestionado por la belleza de la ciudad. Quería visitar Versalles, Notre Dame, el Barrio Latino, Montmartre y perderme por los bosques de Fontainebleau. No obstante, el Senna no me pareció gran cosa, quizá mediatizado por la contemplación diaria de la belleza de las curvas del Tajo a su paso por Toledo.
Tras dejar mi maleta en el hotel y asearme un poco, me dispuse a conocer a fondo aquel paraíso artificial. Una multitud elegante recorría las calles y el perfume de sus bellas mujeres penetraba en mis narices despertando mi lujuria. Aquello parecía una fantasía morisca. Entre esa multitud pude distinguir a varios compatriotas que miraban extasiados a todas las mujeres que pasaban a su lado, exclamando las siguientes lindezas: “¡Estas sí que son mujeres y no las de Cuenca!” (Aquí he de decir que no conozco a ninguna conquense, por lo que no puedo opinar) “¡Mi madre, qué piernas!” “¡Menudas hembras, tú!” “¡Rediez!” “¡Vamos!” “¡Arrea!” y “¡Virgen santa!”
Algunas se volvían y miraban divertidas, aunque no comprendiesen nada, seguramente encenagadas en la atracción que la inmoralidad de sus palabras producía en ellas. Yo, de naturaleza extremadamente sensual, también me embarqué en epilépticos besos imaginarios con muchas de ellas, hasta que un adoquín que sobresalía del empedrado me hizo tropezar para divertimento de mis compatriotas. Afortunadamente no se percataron que era español como ellos, pues el humor español es hiriente y descarnado y a estas horas aún seguirían riéndose.
En un fantástico esnobismo, decidí alejarme de aquellos paletos e internarme en Montmartre. Allí me vi asaltado por una legión de luces de neón que anunciaban los más variados sex-shops y cabarets, entre ellos el mítico Moulin Rouge. Sin embargo, tantas luces me levantaron dolor de cabeza, por lo que continué mi camino hasta llegar a la Place du Terte, la zona más bohemia, donde tenía pensado sentarme en alguna terraza y pedir algo de cenar.
Me senté lo más versallescamente posible que pude en la terraza de un coqueto restaurante cuyo nombre era el último grito en originalidad: Charles de Gaulle. Tras diecisiete minutos y catorce segundos, se presentó a atenderme un simpático francés con cara de biberón y de nombre Pierre, otra originalidad muy francesa. Pedí un French melón, un Croute au Pot (DESCONOZCO LO QUE ES, PERO DA UN AIRE MUY COSMOPOLITA A LA NARRACIÓN Y UN REFINAMIENTO MUY EXQUISITO A SU AUTOR) y unos escalopes de ternera. Cuando me armé de cuchillo y tenedor y me proponía entregarme a una lucha sin cuartel con los escalopes, sucedió algo que cambió para siempre mi forma de ver el mundo y de atarme los cordones de los zapatos. VERÁN USTEDES CANELA

A PARTIR DE AHORA LA NARRACIÓN TOMA UN RUMBO QUE SERÁ PARA MUCHOS EMPALAGOSO COMO UN PASTEL DE HOJALDRE, POR LO QUE SI SUFREN DE DIABETES ES MEJOR QUE NO CONTINUEN CON LA LECTURA.

En el preciso instante en el que ensartaba un escalope de ternera vino a sentarse en la mesa que había frente a mí una bellísima y enigmática mujer de unos treinta años, rubia como una pata frita y con unos ojos de un azul furioso. Su cuerpo, aunque delgado, tenía curvas más que suficientes, no como las carreteras de españolas, que las tienen en exceso. Era una mujer de piel muy blanca, elegante y distinguida, con un vestido rabiosamente ceñido a su cuerpo. Todos se quedaron mirándola, lo que motivó que muchas mujeres, enojadas, derramaran el contenido de sus platos sobre las cabezas de sus maridos. A mí me recordó a un lirio blanco y no pude seguir comiendo los escalopes, pues casi me atraganto.
Parecía muy tímida, pero después de unos minutos ella también empezó a mirarme y me dedicó una sonrisa que embalsamó todo el restaurante. El viento del amor empezó a soplar con fuerza en mi corazón. Llamé a Pierre, el camarero, para indagar algo más de ella. El muchacho me contó que solía ir a cenar allí muchas noches, que tenía varias tiendas de moda en el barrio y, lo más interesante, que estaba espachurradoramente soltera, algo en lo que coincidíamos. Agradecí la información de Pierre sentándole en mis rodillas y dedicándole unas carantoñas. Después, me armé de valor y me acerqué a aquella enigmática dama.
Me aproximé a su mesa y dije que aquella noche era demasiado bonita para que dos personas estuviesen cenando solas una enfrente de la otra, a lo que respondió con otra amplia sonrisa y me indicó con exquisita languidez que me sentara a su lado. Aunque se había sorprendido ante mi osadía, en el fondo de sus ojos pude ver que mi acción le gustó lo suficiente como para permitirme sentarme con ella a terminar mi cena.
Los primeros segundos ninguno de los dos supo decir nada, simplemente nos miramos de un modo firme a los ojos, mientras que el ambiente espoleaba el lirismo de la situación.
-Paseemos –dijo ella violando aquel silencio.
-Buena idea –acerté a decir y nos levantamos dejando una buena propina a Pierre.
Ella me cogió del brazo y nos adentramos en el entramado de estrechas y empinadas callejuelas que llevan hasta la basílica del Sagrado Corazón. Era una noche perfecta para pasear, pues aún no había hecho aparición el incómodo calor del verano. Creo que andamos casi dos horas así agarrados, tiempo suficiente para revelarnos las cosas más importantes, para narrarnos las guerras boers y para que el sinvergüenza de Cupido disparara 13.557 flechas. Después, llegamos a la puerta de su casa y me invitó a subir, algo a lo no me pude negar, como ustedes comprenderán. El resto de la historia se puede resumir de la manera siguiente:

-Seis noches de jadeos temblorosos.
-Seis amaneceres de besos interminables.
-Seis desayunos de abrazos hiperbólicos.
-Seis siestas de caricias infinitas.
-Veinte duchas de pasión desbordante.

Lo que hace un total de: 300 jadeos temblorosos, 3.456 besos interminables, 748 abrazos hiperbólicos, 2.000 caricias infinitas y la ingesta diaria de cuatro yemas de huevo y  un tarro de miel.
A los seis días, y tras despedirnos con 357 besos,  tuve que volver a España, pero solo para decir a mi jefe que era un impresentable, un memo, un meningítico y un mascagomas. De mi sastre no me despedí, pero le dejé a deber tres trajes. Metí dos pijamas de rayas más en mi maleta y me despedí de la gente que realmente me importaba en España, es decir, nadie. Una mañana de junio regresé a París para continuar con aquel amor enardecido que había cambiado para siempre el rumbo de nuestras vidas.



miércoles, 6 de noviembre de 2013

ENTREVISTAS A MEDIANOCHE



Como remembranza de mi etapa de periodista radiofónico en una importante emisora cuyo nombre omitiré, he decido reproducir íntegra una de mis más famosas entrevistas. Se trata de una serie de interviús —tituladas “Entrevistas a medianoche”— realizadas a una caterva de terroríficos personajes como Frankenstein, la Momia, el conde Drácula, el fantasma del castillo de Hauzenberg y un notario de Ávila. La que les expongo a continuación se la realicé al conde Drácula el día 15 de febrero de 2008, a las doce de la noche. Soplaba viento de poniente.

 

Entrevistador.-Bienvenido a esta su casa, señor conde, ¿o puedo llamarle Drácula?

Drácula.-Usted me puede llamar hasta “cuchicuchi”.

Entrevistador.-Tiene usted unas salidas, conde… Pero vayamos al grano. ¿Cuándo nació usted?

Drácula.-Pues la fecha exacta no la recuerdo, era uno muy joven, pero sí sé que mis padres deseaban una hembra, pues ya habían tenido catorce varones consecutivos.

Entrevistador.-¿Su edad aproximada?

Drácula.-Unos seis siglos.

Entrevistador.-Pues se conserva usted muy bien.

Drácula.-Eso es porque no enveneno mi organismo ni con el tabaco ni con el alcohol. Tampoco con las mujeres.

Entrevistador.-Eso me resulta difícil de aceptar. Usted tiene fama de seducir a cuanta mujer se le ponga por delante.

Drácula.-Uno tiene que alimentarse, pero prefiero no intimar mucho con ellas.

Entrevistador.-¿Qué opina de las mujeres?

Drácula.-Que a ratos fugacísimos son encantadoras, pero la mayoría de las veces solo me provocan jaquecas.

Entrevistador.-¿Misógino?

Drácula.-No. Transilvano.

Entrevistador.-¿Ha estado casado alguna vez o es también misógamo?

Drácula.-No sé lo que es misógamo, yo no terminé el bachillerato. Y sí, he estado casado tres veces.

Entrevistador.-¿Qué opina del divorcio?

Drácula.-Que tras las latas en conserva es el mejor invento del ser humano.

Entrevistador.-¿Usa usted calcetines grises?

Drácula.-Le ruego que no me pregunte tonterías.

Entrevistador.-¿Cuánto se gasta en gomina?

Drácula.-Una barbaridad, pero no he venido aquí a hablar de eso.

Entrevistador.-¿Se interesa usted por política?

Drácula.-Suelo leer los periódicos en el tranvía y soy de ideología conservadora.

Entrevistador.-¿Ha amado alguna vez?

Drácula.-Una vez creí haber amado, sin embargo, resultó ser una gastrointeritis que me provocó una fiebre muy aguda y un dolor en el costado que por poco me muero.

Entrevistador.-Usted es inmortal.

Drácula.-¡Y del Madrid!

Entrevistador.-Lleva veinte años viviendo en Gandía por prescripción médica. ¿Qué opina de las costumbres españolas? ¿Le gustan los toros?

Drácula.-Las costumbres españolas me parecen un tanto bárbaras. Los toros no me acaban de apasionar aunque haya mucha sangre. No obstante, adoro sus comidas y bebidas, en especial la sangre encebollada y la sangría.

Entrevistador.-¿Cómo definiría su carácter?

Drácula.-Tiendo a la melancolía más hiperbólica.

Entrevistador.-¿Le ocurre con mucha frecuencia?

Drácula.-De lunes a jueves.

Entrevistador.-¿Su último libro?

Drácula.- “Las enfermedades venéreas en los Cárpatos”. Es de un autor rumano muy conocido en su vecindario.

Entrevistador.-¿Es usted feliz con su profesión?

Drácula.-Llevo seis siglos mordiendo cuellos y me divierte. No sabría hacer otra cosa.

Entrevistador.-¿Cómo se definiría?

Drácula.-Como un cretino.

Entrevistador.-¿Y físicamente?

Drácula.-Singularmente feo. No reúno las condiciones suficientes para enamorar a nadie.

Entrevistador.-Y sin embargo han pasado por sus manos miles de mujeres…

Drácula.-Misterios de Síbaris.

Entrevistador.-Las últimas preguntas…

Drácula.-Que pasen.

Entrevistador.-¿Le gustan los animales?

Drácula.-Tanto como veranear en Saint Moritz.

Entrevistador.-¿Qué habría querido ser de no haber sido vampiro?

Drácula.-Cupletista.

Entrevistador.-Bien, pues esto ha sido todo, señor conde. Un placer haber contado con su fascinante presencia.

Drácula.-El placer es mío. Au revoir!

 

Instantes después Drácula intentó morder a una compañera y tuvo que ser expulsado del edificio a patadas por dos guardias de seguridad.

 

 

 

 


viernes, 1 de noviembre de 2013

LA CAZA DE TOMMY PINKERTON


Interior de un almacén de productos de importación. Al fondo, una puerta y varias cajas de madera en las que se lee: Porcelanas Schaboory. En la izquierda de la escena, una escalera que sube hasta una oficina en un altillo. En la derecha, una mesa y dos sillas. Sobre la mesa hay dos botellas de vodka y dos vasos medio llenos. Además, hay un cenicero con un cigarro encendido. Para concluir, en la pared de la derecha hay una enorme foto de Rocky Marciano. Es de noche, a las doce.

Al levantarse el telón, en escena Harry y Annie escondidos tras unas cajas. Harry es un detective privado, muy alto y bien parecido, aunque rematadamente tonto. Tiene aproximadamente treinta y dos años, tres meses y dos días. Viste un traje italiano que todavía no ha pagado a su sastre, una gabardina gris, se cubre la cabeza con un sombrero y en la mano lleva una pistola bien mona. Annie tiene veinticinco años recién cumplidos y unas piernas que quitan el hipo. Es la secretaria de Harry y tiene una inteligencia regular. Es muy bonita, aunque algo bizca. Como habrán adivinado, él hace el amor con ella todos los sábados.

 

Annie.-Harry, son las doce de la noche y mañana tengo que madrugar, ¿por qué me has traído con tanta precipitación a este almacén del puerto?

Harry.-Porque es aquí donde Tommy Pinkerton organiza sus tropelías con su banda. Sé de buena tinta que esta noche vendrá aquí y esta vez no podrá escapar.

Annie.-Llevas cinco años detrás de él. Tommy Pinkerton es más escurridizo que una pastilla de jabón.

Harry.-Hoy asistirás a su final wagneriano. Él o sus hombres están aquí, quizá arriba en la oficina. ¿No ves los vasos medio llenos y el cigarro?

Annie.-Pueden ser de marineros o de trabajadores del puerto.

Harry.-Son de Pinkerton. Evans, mi confidente, me dio el chivatazo.

Annie.-¿Evans? ¿Ese tipo con catarro crónico y que siempre lleva calcetines grises? Ese hombre no podría decir ni dónde está su casa.

Harry.-Nunca me ha fallado. Fue Evans quien me dijo el lugar en el que se encontraba el cadáver descuartizado de Rosie Harris, la hija del senador Harris, el inventor de los cacahuetes pelados.

Annie.-¡Acabáramos! Te lo dijo después de haberlo leído en los periódicos y aun así tú le diste cien pavos por decirte que estaba very death en la habitación de un motel. A veces pienso que eres…

Harry.-¿Qué soy qué? No insinuarás que piensas que soy…

Annie.-Sí. Pienso que eres un poco…

(Alguien detrás de unas cajas dice: “¿Un poco qué?”).

Harry y Annie.-(Sobresaltados) ¿Quién anda ahí?

Evans.-Soy yo, Evans.

Annie.-¿Evans?

Harry.-¿Evans?

Evans.-Evans.

Harry.-¿Qué demonios haces aquí?

Evans.-Sabía que esta noche saldrías en busca de aventuras y como a mí el peligro me parece como un veraneo en California y es un reactivo para mi organismo, decidí seguiros.

Annie.-¿Has traído pistola? Igual hay jaleo.

Evans.-No, pero me he llenado los bolsillos de piedras por si había pelea.

Annie.-Eres más tonto de lo que aparentas.

Evans. Oye, Harry, ¿por qué le caigo tan mal a tu novia?

Harry.-No es mi novia. Solo trabaja para mí.

Annie.-¿Así que solo trabajo para ti? ¿No te referirás con eso a lo que te hago los sábados por la noche en mi casa?

Evans.-Oye, Harry, cuenta, ¿qué te hace la rubia los sábados por la noche en su casa?

Harry.-Dejadme en paz los dos. Hemos venido aquí a trabajar.

Annie.-¿Entonces no soy tu novia, so Landrú?

Harry.-Lo hablaremos mañana en mi despacho.

Annie.-(Señalando a la puerta) Si salimos vivos de esta noche.

(Por la puerta entra Pinkerton acompañado por tres orangutanes con sombreros y gabardinas. Ninguno se ha escapado del zoo, pero sí de la cárcel varias veces).

 

(Continuará…)

 

viernes, 26 de abril de 2013

MA PETITE FILLE


 

-Te amo, pequeña.

 -Yo a ti tambi...

-¿Qué?

 -Que yo tambi..

-¿Tambi?

-Si me sacaras el dedo de la boca podría terminar las palabras. Decía que yo también te quiero.

-¿De verdad? ¿Y cuánto?

-Así ahora mismo no sabría decirte, pero calcula el número de cacahuetes que te comes al año y lo multiplicas por cuarenta.

-¡Mon dieu! Entonces me quieres mucho.

 -Eso o es que comes muchos cacahuetes...

-¡Qué sería de mi si tú no estuvieras!

-¿Qué son los reyes cuando los abandonan sus ejércitos sino perfectas sombras en un día sin sol?”

-Eres una niña pera. Esa frase no es tuya. Siempre dándotelas de sabelotodo, pero a pesar de ello te adoro, eres tan hermosa…

- ¿Soy hermosa?

 -Mucho.

-¿Y cuánto?

 -Tanto como una mujer hermosa.

 

 (La melosidad del diálogo llevará a algunos a pensar en la miel y a otros a pensar en el suicidio).

 

-Te quiero, orejón, desde el primer momento en el que me ofreciste tu amor.

-Por aquel entonces pude permitirme el lujo de ofrecértelo porque estaba a un precio muy bajo…

-¿Nunca te han llamado imbécil?

-¡Y hasta cupletista!

-Cuando te vi por primera vez el amor, el deseo sexual, la felicidad y la pasión bailaron un fox-trot en mi cerebro.

-A mí me ocurrió lo mismo, me dije que si no te hacía mía esa misma noche me iría para siempre a África a cazar elefantes.

-Te vi tan provinciano, anodino, imbécil y sin un duro que decidí hacerte mío.

-Dejemos de hablar y vayamos a por el quinto “asalto”, pequeña.

 

 Los protagonistas se dirigen a por el quinto asalto y un operario de Zamora, cuya mujer le engaña con su sastre, deja caer el


TELÓN

 

 

 

viernes, 5 de abril de 2013

MARE NOSTRUM


-No aguanto más, querido, ya llevamos dos horas nadando y aún no hemos llegado a Cerdeña.

 -¿Llevamos? Mejor di que llevo dos horas nadando, pues tú te has quedado ahí tumbada, cual Cleopatra con la ponzoña del áspid, y no has movido ni un músculo.

 -La idea de ir a Cerdeña desde Torremolinos en colchoneta fue tuya, que con tal de ahorrarte unos euros eres capaz de cualquier cosa. ¿Sabes?

 -¿Qué?

 -Me gustaría tomarme un cocktail.

 -Así me gusta, Patitas de bailaora, que no decaiga tu ánimo, ¿y qué cocktail te tomarías?

 -El llamado “Cretino agudo”  o  el “¿Por qué me enamoré de este memo?"

 -Haré como si no te hubiese escuchado...

 -¡Mira que me vuelvo!

 -No sabes nadar, no llegarías muy lejos, además, ¿quién te dará mis besos fantásticos?

 -Si me quedo en la colchoneta es solo por tus besos, que conste.

 -¡Mira!

 -¿Qué?

 -Esa señal pone que a Cerdeña solo quedan 600 km.

 -¡Aggggg! ¡Te mataría lentamente regodeándome en tu sufrimiento! En cuanto lleguemos a Cerdeña pido el divorcio.

 (Minutos después el bello cuerpo de ella es recorrido con parsimonia por los fantásticos besos de él, y la idea del divorcio se hunde en lo profundo del Mediterráneo).