"CUAL SI QUISIERAN JUNTAR CIELO Y TIERRA, RUGEN, LLAMANDO A PUERTAS Y VENTANAS, MAS NO LOGRAN ENTRAR, Y ES MÁS GRATO NUESTRO DESCANSO EN LA SEGURA SALA".

miércoles, 20 de julio de 2016

VACACIONES DE VERANO



Deauville, 20 de julio, cuarenta grados a la sombra.

Amado mío: Me he escapado un momento para escribirte una postal. El verano, como te imaginarás, es de lo más aburrido sin ti. Papá se pasa el día cantando zarzuela en la playa y amenazando a todo el que me mira. Mamá se derrumba en las tumbonas y de ahí no se mueve en todo el día. Dice que es bueno para conservar la figura y para el ácido úrico.
He de confesarte que hay un chico italiano que en cuanto papá baja la guardia se me acerca y me dice cosas verdes en italiano que no entiendo. Pero no te preocupes, como no le entiendo bien no mantengo ninguna conversación con él. Me limito a sonreír hasta que llega papá ladrando y el pobre se tiene que ir.
Seguro que tú estarás en Madrid ligando con todas. Mamá dice que eres un bribón de mucho cuidado. Yo sé que me amas y que no harías esas cosas.
Aún no me ha llegado ninguna de las cartas que me prometiste escribir. Conociéndote las habrás echado al buzón sin sellos o sin destinatario.
Volvemos el día 13. Yo volveré en tren, papá en autogiro y mamá en un dirigible. Somos así de originales.
Bueno, hace mucho calor ya y me voy a meter en el agua. Pórtate bien en Madrid, estudia tus oposiciones, riega las plantas de mamá y no salgas por las noches.

Tuya siempre
GM.


Posdata: Papá se ha quedado dormido y unos niños le han enterrado en arena.

lunes, 18 de julio de 2016

GLASCARNOCH


Las noches en el castillo de Glascarnoch solían ser húmedas, frías y aburridas como una reunión de daneses. Hacía ya cinco años que había abandonado mi Toledo natal para trasladarme a las Trossachs, en Escocia. Diversos motivos habían ocasionado que abandonase mi vida de Sardanápalo en España por una un poco más aburrida en Escocia. Uno de ellos fue el que la hija del comandante de la Academia de Infantería jurase por lo más sagrado que el hijo que llevaba en sus entrañas era mío. Yo, con mi modestia característica, no quise reconocer a aquella criatura, a la que le faltaban escasos dos meses para ver el mundo y ser uno más dentro de esa humanidad gris. Su padre me amenazó de todas las maneras posibles para que me casase con su hija, cuyo nombre, por cierto, he olvidado ya. Como no tenía ganas de amargarme la vida casándome con una mema decidí huir lo más lejos posible de Toledo.
Muchas de vosotras pensaréis que soy un desalmado al huir y dejar a esa pobre chica embarazada, pero teniendo en cuenta que entre los cadetes de la Academia era conocida como la “Morfina”, tenía serias dudas de mi paternidad. Pero claro, de lo que no tenía serias dudas era que su padre me mataría, por lo que hice mis maletas y me compré un castillo en Escocia, región del mundo rica en bacalao y en castillos con fantasmas.
Aquella noche era más fría que nunca y, además, se había desatado una terrible tormenta. En el salón del castillo el fuego de la chimenea no calentaba como en otras ocasiones, por lo que decidí irme a mis aposentos privados a encenagarme en la lectura de un libro titulado “Todo lo que usted quiso saber sobre la sífilis y la gonorrea”. Cuando subía por las escaleras pude escuchar un grito de consternación y de pánico que hubiese helado la sangre al más valiente. Sin embargo, a mí me habían obligado de pequeño a leer “Las moradas” de Santa Teresa, así que pocas cosas me asustaban ya. Si a mí no me amilanó, a mi mayordomo le hizo que le creciese la barba treinta centímetros. Era un analfabeto que creía en fantasmas y demás supercherías, y enseguida me dijo que el fantasma de lord Quincey había vuelto a aparecer tras siete años de silencio.
-¿Lord Quincey?- pregunté yo ingrávido. Entonces, Harry, señalando un cuadro que representaba a lord Quincey cortándose las uñas de las manos con su sable de caballería, me contó su terrible historia:
“Lord Quincey había nacido bizco del ojo izquierdo y siempre se le consideró tonto de remate, lo que no impidió que hiciese carrera en el Ejército de su Majestad y llegase a general. Por aquella época ser general era relativamente fácil, apostilló Harry, como si este dato a mí me pudiese interesar. En la Guerra de los Siete Años perdió un brazo, el ojo bizco y las ganas por seguir siendo general, por lo que decidió volver a sus posesiones en Escocia y dedicarse al noble arte de dejarse caer con laxitud oriental sobre una mecedora. En su castillo se enamoró de Elsa, la hija de su capataz. Esta disfrutaba de unos hermosos senos y una rubia cabellera, además de contar con unos ojos azules que quitaban el hipo a cualquiera. Por lo demás, era tonta como ella sola y suspiraba por una vida llena de lujos, por lo que no tardó en flirtear con lord Quincey, que era igual de tonto que ella, pero que la podía proporcionar esa vida de lujos que tanto ansiaba. Sin embargo, su padre se opuso a esta relación.
–Tú tienes dieciséis años y lord Quincey sesenta y cinco, no me puedo creer que le ames- dijo con aire de tragedia de Eurípides.
–Le amo, padre, le amo con toda mi alma- dijo ella cándida y tierna como un pastel de hojaldre.
 –Sólo amas su dinero, no te engañes- repuso el padre con aire canallesco.
–Pero mi amor por su dinero es un amor puro y sincero- dijo ella llorando.

Lord Quincey enterado de la oposición del padre de la muchacha decidió cortar por lo sano: le despachó un tiro en el corazón y después se comió su corazón, sin sal ni nada, como había visto hacer a los indios americanos. Sin embargo, Elsa, enterada de esta aberración, maldijo a lord Quincey y, como mandan los cánones en este tipo de historias, se quitó la vida tirándose versallescamente por un acantilado. Su cuerpo no fue encontrado y lord Quincey vivió apesadumbrado el resto de su vida, atormentado por el fantasma de los dos muertos y por una maldición que no le dejaría descansar ni después de fallecido”.

miércoles, 13 de julio de 2016

UNA COMEDIA MADRILEÑA DEL SIGLO XXI





Personajes: los que ven. Si alguno de ustedes ve alguno más, póngase en contacto de inmediato con un servidor.
Decorado: el de la foto. Está claro que nunca seré un buen novelista descriptivo.
La acción en la actualidad y en Madrid, cerca de la Puerta de Toledo, según se entra a mano derecha.

Doctor.-Veamos...(Una pausa de media hora).- Empiece por contarme qué es aquello que tanto le turba y no le permite pegar ojo por las noches.
Paciente.-Mi mujer.
Doctor.- ¿Es que ronca?
Paciente.-No, es que no la soporto.
Doctor.-No es motivo suficiente para que usted tenga esta depresión tan fuerte.
Paciente.-Si usted la conociese...
Doctor.-Me da igual; el doctor soy yo y, por lo tanto, yo digo cuál es la causa de su mal.
Paciente.-¡Faltaría más!
Doctor.-No duerme bien, no come, se pasa el día triste, taciturno y melancólico y el trato con los de su especie le pone de un humor terrible... No me cabe la menor duda, usted necesita un cambio de aires.
Paciente.-Doctor...
Doctor.-¿Sí?
Paciente.-Tengo sed.
Doctor.- (Tarareando el célebre tango “Cuidado con las rusas”).- Es usted un ser primario que solo se preocupa de satisfacer sus necesidades más imperiosas. ¡Céntrese, caballero!
Paciente (Suplicante).-Pero es que tengo...
Doctor.- ¡A callarse! ¿Qué opina usted del método cartesiano?
Paciente.-No sé de lo que me habla.
Doctor.- (Tomando notas en su cuadernillo).-Interesante. Usted, pollo, no conoce el método cartesiano. Bien, ¿y qué me dice del concepto de verdad en Kant?
Paciente.-No sé quién es ese señor, pero si le sirve de consuelo yo digo siempre la verdad.
Doctor.-Me parece una desfachatez por su parte. Con la verdad no se va a ningún sitio. ¡Mienta usted, hombre de Dios! Cuénteme su vida y espero que todo lo que me cuenta sea mentira.
Paciente.- (Estupefacto).-Si es su deseo... Bien, mi padre era cazador en la África misteriosa y mi madre era dos años más joven que yo. Ella murió y mi padre se tuvo que encargar de mí, por lo que me llevó por toda África. Me amantaron cocodrilos, chacales, hienas, leones y elefantes e hice mi primera comunión en una aldea Watusi. ¿Voy bien, doctor?
Doctor.-Estupendamente. Siga usted, pollo.
Paciente.-A los diez años cansado de vagar por África cazando con mi padre me vine para Europa y me hice dentista.
Doctor.-¿Le fue bien el negocio?
Paciente.-De maravilla. A los dos meses ya tenía un capitalito en el banco de cincuenta millones de pesetas.
Doctor.-¡Bárbaro! Pero siga usted, pollo.
Paciente.-Bueno, no hay mucho más que contar. A los doce me casé con mi actual esposa. Tuvimos tres hijos y una mula y nos fuimos a vivir a Galapagar.
Doctor.-¿Una mula?
Paciente.-Sí. La madre de ella.
Doctor.-Entiendo... Bien, es usted un gran mentiroso. Le auguro un gran futuro como político o como pescador de ostras en Ceilán.
Paciente.-Me abruma usted.
Doctor.-No diga usted bobadas, joven.
Paciente.-¡Cuá, cuá! Doctor, creo que me empiezo a poner nervioso y triste.
Doctor.-Entonces es el momento de hablar de cosas serias. Cuénteme su última pesadilla.
Paciente.-Fue anoche. Soñé con Mario Vaquerizo.
Doctor.-¡Qué horror! ¿Qué hacía?
Paciente.-Entraba en mi cocina y se freía unos huevos fritos con patatas.
Doctor.-¡Qué idiotez tan exquisita!
Paciente.- Doctor, creo que empiezo a poner nervioso y triste.
Doctor.-Entonces es el momento de hablar de cosas serias. Cuénteme su última pesadilla.
Paciente.-Mariano Rajoy era un minotauro y Pablo Iglesias un basilisco.
Doctor.-¿Qué cenó esa noche?
Paciente.-¡Mollejas!
Doctor.- Entiendo...
Paciente.-¡Abd del Krim!
Doctor.-¿Cómo?
Paciente.-Que acabo de ver a Abd del Krim paseándose por su salón.
Doctor.-¡Imposible! Le habrá usted confundido con Carlomagno.

lunes, 11 de julio de 2016

CONFESIONES


Comedia bárbaramente norteamericana, cuya acción transcurre a orillas del lago Ontario.
PERSONAJES: Miss Rosemellia, ingrávida, insultantemente bonita y con unas piernas dignas de sustentar el templo de la Lujuria. Magnetizante, de un atractivo pavoroso, se mueve con parsimonia y elegancia, como una pantera. Su porte y refinamiento hacen de ella la mujer ideal. Su temperamento es volcánico. En cuanto a él, ya le describo otro día.
Es de noche. El ambiente es muy misterioso y romántico a la vez. El sonido de un violín sería ideal, pero el violinista llega tarde y hay que empezar. ¡Qué le vamos a hacer!

ELLA. Y bien, ya me explicarás esas prisas tuyas y ese misterio por vernos hoy a las once de la noche… Ya sabes que yo me voy a la cama pronto.
ÉL.— Lo sé, pero necesitaba hablar contigo a solas, porque si tu padre nos ve juntos es capaz  de machacarme todos los huesos.
ELLA.— ¿Mi padre? No exageres. Papá es incapaz de hacer daño a nadie.
ÉL.— Pues a mí me ha dicho que si me ve contigo que me vaya acostumbrando a la idea del fallecimiento por “accidente”.
ELLA.— ¡Bah, tonterías! No hagas caso a papá. Anda, dime la razón por la que me tienes aquí a estas horas.
Él.— (Nervioso como un adolescente a punto de perder su virginidad).— Verás… Es que yo… Ya sabes, tú… Tú…
ELLA.— Una de las cosas que más me gustan de ti es tu facilidad de palabra… Seguro que quieres proponerme alguna indignidad y no te atreves.
ÉL.— ¿Indignidades? No, no. Bueno, sí, pero no ahora. Ahora quiero decirte que si tú consistieses en que lo nuestro no se limitase a que yo te propusiese indignidades y tú me dijeras que tal vez…
ELLA.— (Riendo).— ¿No me digas que estás insinuado tener conmigo algo serio?
ÉL.— Te lo digo.
ELLA.— Nos conocemos desde hace cinco años, ¿por qué has tardado tanto?
ÉL.— Porque soy un hombre original. Una persona normal te lo hubiese pedido desde el primer momento, pero yo preferí dilatarlo, estudiarte y amarte durante ese tiempo en silencio.
ELLA.— Pues en cinco años te habrá dado tiempo a conocerme bien, desde luego… ¿Me amas?
ÉL.— (Ruborizado).— Greenland!
ELLA.— (Ruborizada también).— Five o’clock tea!
ÉL.— (Dulce).— It´s a long way to Tipperary!
ELLA.— (Insinuante).— ¡Hazme el amor aquí! Confiésame cosas inconfesables y sedúceme con tus besos.

A partir de aquella noche la vida de estos dos se convirtió en:
- Amaneceres de amor furioso, espasmos y besos interminables.
-Tardes de abrazos delirantes.
-Noches sumidas en caricias sin pausa, gemidos continuos y sensualidad desbordada.
-Cientos de cápsulas de jalea real y ginseng, miel, yemas de huevo y reconstituyentes para él.


lunes, 4 de julio de 2016

UNA INFAMIA EN KAFIRISTÁN



-Según tengo entendido, en el mar hay mucha agua.
-¿Sí?
-Eso dicen. Si salimos de esta, iremos al mar, pero como se enteren de que no eres Alejandro Magno me parece que no lo veremos...
-¿Y si nos escapamos antes de que se enteren?
-Buena idea. Esta noche a las doce hay baile en la plaza. Habrá fuegos artificiales también, por lo que podemos aprovechar la confusión para escaparnos.
-¿Y perdernos los fuegos artificiales?
-Es eso o nuestras vidas.
-Ya, ya... si te pones así, pero las tracas en Kafiristán y las mujeres españolas con mantilla son algo que uno no debe perderse.
-Vale, pero en cuanto acabe nos escapamos. Intentaremos llegar a Rusia. ¿Hablas ruso?
-Ni una palabra.
-Bien. Con eso será suficiente.
-¿Y una vez en Rusia?
-Nos haremos nihilistas.
-¿Asesinaremos al zar?
-No, escribiremos poemas ultraístas hasta que podamos llegar a Alemania.
-Echaré de menos la vida de Sardanápalo que llevamos aquí.
-Muchos piensan que eres un impostor.
-¿Sí? ¿En qué lo han notado?
-No seas tan irónico. Ayer uno me disparó una pregunta del calibre 9 mm parabellum.
-¿Qué te dijo?
-Que de qué forma preferimos morir.
-¡Ostras de la China! Entonces es que sospechan algo. A mí me gustaría morir apuñalado por la espalda. La hora y el lugar me dan igual.¿Y a ti?
-¿A mí qué?
-¿Cómo te gustaría morir?
-De agotamiento bailando fox-trot.
-Se me eriza la bufanda solo de pensarlo.
-Ve preparando todo. Esta noche nos vamos.
-¡De acuerdo!

viernes, 14 de febrero de 2014

PARÍS BIEN VALE UNA MISA



Fue en junio de 2013 cuando se me ocurrió visitar París, ya que de tanto viajar de Toledo a Leganés se me había despertado la vena viajera. Además, ya iba siendo hora de sacar provecho de mis cuatro años de francés en la Escuela Oficial de Idiomas. Así que metí tres pijamas de rayas, un yoyó y dos trajes en una maleta y me dirigí al aeropuerto de Barajas para montarme en el primer avión que volase a París, que, por si alguno aún no la sabe, es la capital de Francia.
Las dos horas de vuelo transcurrieron sin sobresaltos y estuvieron amenizadas por la contemplación de las bellas azafatas que nos acompañaban, cuya vibrante esencia de “lirios tumefactos” perfumaba todo el avión.
Llegué a París, esa ciudad tan sensual, una mañana radiante y azul. ¡París! ¡Oh, París! Deseaba embriagarme con sus cabarets, bohemia, bulevares, perfumes, champagne y su lujo y elegancia.
Me encontraba congestionado por la belleza de la ciudad. Quería visitar Versalles, Notre Dame, el Barrio Latino, Montmartre y perderme por los bosques de Fontainebleau. No obstante, el Senna no me pareció gran cosa, quizá mediatizado por la contemplación diaria de la belleza de las curvas del Tajo a su paso por Toledo.
Tras dejar mi maleta en el hotel y asearme un poco, me dispuse a conocer a fondo aquel paraíso artificial. Una multitud elegante recorría las calles y el perfume de sus bellas mujeres penetraba en mis narices despertando mi lujuria. Aquello parecía una fantasía morisca. Entre esa multitud pude distinguir a varios compatriotas que miraban extasiados a todas las mujeres que pasaban a su lado, exclamando las siguientes lindezas: “¡Estas sí que son mujeres y no las de Cuenca!” (Aquí he de decir que no conozco a ninguna conquense, por lo que no puedo opinar) “¡Mi madre, qué piernas!” “¡Menudas hembras, tú!” “¡Rediez!” “¡Vamos!” “¡Arrea!” y “¡Virgen santa!”
Algunas se volvían y miraban divertidas, aunque no comprendiesen nada, seguramente encenagadas en la atracción que la inmoralidad de sus palabras producía en ellas. Yo, de naturaleza extremadamente sensual, también me embarqué en epilépticos besos imaginarios con muchas de ellas, hasta que un adoquín que sobresalía del empedrado me hizo tropezar para divertimento de mis compatriotas. Afortunadamente no se percataron que era español como ellos, pues el humor español es hiriente y descarnado y a estas horas aún seguirían riéndose.
En un fantástico esnobismo, decidí alejarme de aquellos paletos e internarme en Montmartre. Allí me vi asaltado por una legión de luces de neón que anunciaban los más variados sex-shops y cabarets, entre ellos el mítico Moulin Rouge. Sin embargo, tantas luces me levantaron dolor de cabeza, por lo que continué mi camino hasta llegar a la Place du Terte, la zona más bohemia, donde tenía pensado sentarme en alguna terraza y pedir algo de cenar.
Me senté lo más versallescamente posible que pude en la terraza de un coqueto restaurante cuyo nombre era el último grito en originalidad: Charles de Gaulle. Tras diecisiete minutos y catorce segundos, se presentó a atenderme un simpático francés con cara de biberón y de nombre Pierre, otra originalidad muy francesa. Pedí un French melón, un Croute au Pot (DESCONOZCO LO QUE ES, PERO DA UN AIRE MUY COSMOPOLITA A LA NARRACIÓN Y UN REFINAMIENTO MUY EXQUISITO A SU AUTOR) y unos escalopes de ternera. Cuando me armé de cuchillo y tenedor y me proponía entregarme a una lucha sin cuartel con los escalopes, sucedió algo que cambió para siempre mi forma de ver el mundo y de atarme los cordones de los zapatos. VERÁN USTEDES CANELA

A PARTIR DE AHORA LA NARRACIÓN TOMA UN RUMBO QUE SERÁ PARA MUCHOS EMPALAGOSO COMO UN PASTEL DE HOJALDRE, POR LO QUE SI SUFREN DE DIABETES ES MEJOR QUE NO CONTINUEN CON LA LECTURA.

En el preciso instante en el que ensartaba un escalope de ternera vino a sentarse en la mesa que había frente a mí una bellísima y enigmática mujer de unos treinta años, rubia como una pata frita y con unos ojos de un azul furioso. Su cuerpo, aunque delgado, tenía curvas más que suficientes, no como las carreteras de españolas, que las tienen en exceso. Era una mujer de piel muy blanca, elegante y distinguida, con un vestido rabiosamente ceñido a su cuerpo. Todos se quedaron mirándola, lo que motivó que muchas mujeres, enojadas, derramaran el contenido de sus platos sobre las cabezas de sus maridos. A mí me recordó a un lirio blanco y no pude seguir comiendo los escalopes, pues casi me atraganto.
Parecía muy tímida, pero después de unos minutos ella también empezó a mirarme y me dedicó una sonrisa que embalsamó todo el restaurante. El viento del amor empezó a soplar con fuerza en mi corazón. Llamé a Pierre, el camarero, para indagar algo más de ella. El muchacho me contó que solía ir a cenar allí muchas noches, que tenía varias tiendas de moda en el barrio y, lo más interesante, que estaba espachurradoramente soltera, algo en lo que coincidíamos. Agradecí la información de Pierre sentándole en mis rodillas y dedicándole unas carantoñas. Después, me armé de valor y me acerqué a aquella enigmática dama.
Me aproximé a su mesa y dije que aquella noche era demasiado bonita para que dos personas estuviesen cenando solas una enfrente de la otra, a lo que respondió con otra amplia sonrisa y me indicó con exquisita languidez que me sentara a su lado. Aunque se había sorprendido ante mi osadía, en el fondo de sus ojos pude ver que mi acción le gustó lo suficiente como para permitirme sentarme con ella a terminar mi cena.
Los primeros segundos ninguno de los dos supo decir nada, simplemente nos miramos de un modo firme a los ojos, mientras que el ambiente espoleaba el lirismo de la situación.
-Paseemos –dijo ella violando aquel silencio.
-Buena idea –acerté a decir y nos levantamos dejando una buena propina a Pierre.
Ella me cogió del brazo y nos adentramos en el entramado de estrechas y empinadas callejuelas que llevan hasta la basílica del Sagrado Corazón. Era una noche perfecta para pasear, pues aún no había hecho aparición el incómodo calor del verano. Creo que andamos casi dos horas así agarrados, tiempo suficiente para revelarnos las cosas más importantes, para narrarnos las guerras boers y para que el sinvergüenza de Cupido disparara 13.557 flechas. Después, llegamos a la puerta de su casa y me invitó a subir, algo a lo no me pude negar, como ustedes comprenderán. El resto de la historia se puede resumir de la manera siguiente:

-Seis noches de jadeos temblorosos.
-Seis amaneceres de besos interminables.
-Seis desayunos de abrazos hiperbólicos.
-Seis siestas de caricias infinitas.
-Veinte duchas de pasión desbordante.

Lo que hace un total de: 300 jadeos temblorosos, 3.456 besos interminables, 748 abrazos hiperbólicos, 2.000 caricias infinitas y la ingesta diaria de cuatro yemas de huevo y  un tarro de miel.
A los seis días, y tras despedirnos con 357 besos,  tuve que volver a España, pero solo para decir a mi jefe que era un impresentable, un memo, un meningítico y un mascagomas. De mi sastre no me despedí, pero le dejé a deber tres trajes. Metí dos pijamas de rayas más en mi maleta y me despedí de la gente que realmente me importaba en España, es decir, nadie. Una mañana de junio regresé a París para continuar con aquel amor enardecido que había cambiado para siempre el rumbo de nuestras vidas.



miércoles, 6 de noviembre de 2013

ENTREVISTAS A MEDIANOCHE



Como remembranza de mi etapa de periodista radiofónico en una importante emisora cuyo nombre omitiré, he decido reproducir íntegra una de mis más famosas entrevistas. Se trata de una serie de interviús —tituladas “Entrevistas a medianoche”— realizadas a una caterva de terroríficos personajes como Frankenstein, la Momia, el conde Drácula, el fantasma del castillo de Hauzenberg y un notario de Ávila. La que les expongo a continuación se la realicé al conde Drácula el día 15 de febrero de 2008, a las doce de la noche. Soplaba viento de poniente.

 

Entrevistador.-Bienvenido a esta su casa, señor conde, ¿o puedo llamarle Drácula?

Drácula.-Usted me puede llamar hasta “cuchicuchi”.

Entrevistador.-Tiene usted unas salidas, conde… Pero vayamos al grano. ¿Cuándo nació usted?

Drácula.-Pues la fecha exacta no la recuerdo, era uno muy joven, pero sí sé que mis padres deseaban una hembra, pues ya habían tenido catorce varones consecutivos.

Entrevistador.-¿Su edad aproximada?

Drácula.-Unos seis siglos.

Entrevistador.-Pues se conserva usted muy bien.

Drácula.-Eso es porque no enveneno mi organismo ni con el tabaco ni con el alcohol. Tampoco con las mujeres.

Entrevistador.-Eso me resulta difícil de aceptar. Usted tiene fama de seducir a cuanta mujer se le ponga por delante.

Drácula.-Uno tiene que alimentarse, pero prefiero no intimar mucho con ellas.

Entrevistador.-¿Qué opina de las mujeres?

Drácula.-Que a ratos fugacísimos son encantadoras, pero la mayoría de las veces solo me provocan jaquecas.

Entrevistador.-¿Misógino?

Drácula.-No. Transilvano.

Entrevistador.-¿Ha estado casado alguna vez o es también misógamo?

Drácula.-No sé lo que es misógamo, yo no terminé el bachillerato. Y sí, he estado casado tres veces.

Entrevistador.-¿Qué opina del divorcio?

Drácula.-Que tras las latas en conserva es el mejor invento del ser humano.

Entrevistador.-¿Usa usted calcetines grises?

Drácula.-Le ruego que no me pregunte tonterías.

Entrevistador.-¿Cuánto se gasta en gomina?

Drácula.-Una barbaridad, pero no he venido aquí a hablar de eso.

Entrevistador.-¿Se interesa usted por política?

Drácula.-Suelo leer los periódicos en el tranvía y soy de ideología conservadora.

Entrevistador.-¿Ha amado alguna vez?

Drácula.-Una vez creí haber amado, sin embargo, resultó ser una gastrointeritis que me provocó una fiebre muy aguda y un dolor en el costado que por poco me muero.

Entrevistador.-Usted es inmortal.

Drácula.-¡Y del Madrid!

Entrevistador.-Lleva veinte años viviendo en Gandía por prescripción médica. ¿Qué opina de las costumbres españolas? ¿Le gustan los toros?

Drácula.-Las costumbres españolas me parecen un tanto bárbaras. Los toros no me acaban de apasionar aunque haya mucha sangre. No obstante, adoro sus comidas y bebidas, en especial la sangre encebollada y la sangría.

Entrevistador.-¿Cómo definiría su carácter?

Drácula.-Tiendo a la melancolía más hiperbólica.

Entrevistador.-¿Le ocurre con mucha frecuencia?

Drácula.-De lunes a jueves.

Entrevistador.-¿Su último libro?

Drácula.- “Las enfermedades venéreas en los Cárpatos”. Es de un autor rumano muy conocido en su vecindario.

Entrevistador.-¿Es usted feliz con su profesión?

Drácula.-Llevo seis siglos mordiendo cuellos y me divierte. No sabría hacer otra cosa.

Entrevistador.-¿Cómo se definiría?

Drácula.-Como un cretino.

Entrevistador.-¿Y físicamente?

Drácula.-Singularmente feo. No reúno las condiciones suficientes para enamorar a nadie.

Entrevistador.-Y sin embargo han pasado por sus manos miles de mujeres…

Drácula.-Misterios de Síbaris.

Entrevistador.-Las últimas preguntas…

Drácula.-Que pasen.

Entrevistador.-¿Le gustan los animales?

Drácula.-Tanto como veranear en Saint Moritz.

Entrevistador.-¿Qué habría querido ser de no haber sido vampiro?

Drácula.-Cupletista.

Entrevistador.-Bien, pues esto ha sido todo, señor conde. Un placer haber contado con su fascinante presencia.

Drácula.-El placer es mío. Au revoir!

 

Instantes después Drácula intentó morder a una compañera y tuvo que ser expulsado del edificio a patadas por dos guardias de seguridad.